
Las luces se convirtieron en verdaderos estruendos de neón. Gigantes tubos de luz blanca habían alejado la mayoría de los habitantes, vagabundos, políticos, carteristas, sólo quedaban los notarios. El mostrador brillaba todos sus años juntos en pequeños destellos amarillos, Juan jugaba a los carritos. unas cajetillas viejas de Pielroja a las que su mamá le había agregado chinches en forma de llantas. Juan pasaba sus mañanas deslizandolos debajo de las mesas y entre los rodachines del fax.
Las cartas y códigos postales habían pasado volando, retorciendo la cara de doña Matilde, marcándola. El Dr Ceballos recibía el paso del tiempo con una burocrática resignación, marcaba su reloj de puntualidad tatuada y cobraba su miserable cheque de 500 pesos. Durante estos escasos años, Juan había interrumpido el orden de la mensajería con sus carritos de papel.
Desparramado en el sillón de cuero español, el notario observaba la puerta café enegrecida, un pequeño choque interrumpió su sueño de ojos abiertos. Miró el suelo de madera, entre sus lentes cuarteados se atravesó el reflejo de Juan, incompetente, ignorante, tarado, jamás a hablado. 5 años y sigue pegado a los carritos, a la falda de su mamá, para lo único que la vieja sirve, "tarado, ignorante tarado". balbuseaba mientras Juan lo observaba, sus paños almidonados, esos pequeños ojos, las imperceptibles cejas de ratón y las cicatrices profundas de su mano izquierda.
El Dr. Ceballos perdía la paciencia. Le costaba entender que un pequeño poeta con mirada perdida, sensible a cada respiro, extraviado en los tonos grises pálidos del centro, hubiera nacido de su acartonada semilla. Impregnaba de miel su oficina, destruía su rutina, llenando el espacio de olores, de aromas de leche y galletas de chocolate. No podía tolerarlo más, el tarado debía irse, alejarse de su espacio, dejar en paz el nubloso oscuro de sus días. Solo su mamá lo protegía, pero no tenía forma de echarla, la contrató el ministro Reinados quien le dio el puesto como regalo de 15 años. Los contratos del estado jamás se acaban, nunca se suspenden. Un accidente sería la única causa posible de su despido.
El Dr Ceballos, agitaba sus diminutos ojos, los lentes circulares se poblaban de miradas destructivas, Juan sentía como un extraño humo amarillo, fétido se desprendía de la retina de su padre, llegaba hasta la marquesina y se convertía en pequeñas notas al margen, ligeros decretos que don Ceballos anotaba al lado de las cartas y los paquetes.