domingo, abril 08, 2007

Quizá, pausa

Olores y burbujas flotantes, fragmentos de jabón inflados, pulmones mortales y manos asesinas. El cielo infinito. En el eterno devenir mis manos encuentran de nuevo las ligeras teclas resortadas. Mamá alista la maleta de trabajar, vuelve a su rutina remunerada, papá lucha con sus venas, su corazón agitado hace fluir la sangre a velocidades innecesarias. Envejece. Mafe, agitada por dogmas, estetoscopios y libros inmortales intenta aliviar la muerte de sus pacientes terminales. Guillo, el extraño conocido, hermano y acompañante de cuarto acepta sus 80 kilos con gracia y estoicismo, los últimos sucesos han cegado sus ojos, abriendo nuevos mundos, el dinero abultado.

Yo el eterno, hijo del gris que nació para encontrar un sentido más allá de la gripe y los olores del transporte público. Alisto mis ojos y la pequeña cámara heredada. He nacido de nuevo, la luz ha llenado mis días, ese dolor que me dio nombre ahora es solo un fugaz recuerdo, noches lluviosas. Un nombre ha curado mi corazón, el alimento de mis palabras se ha extinguido, necesito un nuevo combustible, un ser en busca de sangre, lágrimas, explosiones y penas, de nuevos temas.

Haré un nuevo compromiso para volver a traicionarme, sentir el olor ácido de mis dolores abultados, buscar el olor de la inspiración, pensar en los ojos cafés que me han enamorado y reanudar mi escritura, el ojo sigue intacto, no necesita reparos.

miércoles, enero 24, 2007

Capítulo 4 El verde de su sangre


De nuevo, reclinado en el sillón español, reconstruía lentamente las pupilas de Juan. Los tonos blancos de la retina se apoderaron de la pupila, desprendieron una luz casi imperceptible, ubicaron al centro de su afán, relajaron los párpados, desaparecieron las ojeras, suavizaron la mirada y sonrieron, deleitados con su miedo, con la sangre que escurria debajo del sombrero, su aterrizaje con el asfalto y el frio que lentamente se apoderaba de sus extermidades.
-Dr. quiere un café- doña Matilde con su sastre verde obligado, disimulando el cariño por miedo al despido. Sosteniendo con su mano, la tasa de porcelana blanca con el borde superior oxidado, decolorado, convertido en testigo, miles de cafés servidos.
El Dr Ceballos permanecía en silencio, con su calva reluciente, unos cuantos cabellos atravesados entre el silencio de sus años, y la renciente cicatriz enmarcada en el centro de la corona. Habían hecho un excelente trabajo, no le quedaría marca pero el verde de su propia sangre se rehusaba a salir.
-Dr Ceballos... Matilde con su tono jugetón casi infantil aumentaba las palabras, convirtiendolas en una canción de cuna. Le insistía pero él no despertaba, seguía con el trapo gris en las manos, frotando la grasa de sus lentes, restregando los zapatos con el suelo restándoles el brillo y el betún de la mañana.
-Esta bien, ahí le dejo su café.
El Dr Ceballos levantó la mirada por un momento, se aseguró de la posición del tinto, luego se entretuvo observando el humo que desprendía la tasa, alzaba vuelo y se estrellaba con su rostro. Imposible, se estaba contagiando del espíritu nostálgico de Juan, debía hacer algo, asesinarlo, arrancarle la vida, bañarse en su sangre, enterrar su cuerpo. Pero los hechos nunca fueron su fuerte; existían métodos más sutiles, no debía desaparecer solo "dejar de existir". Por fin la hermosa burocracia que tanto defendía iba a devolverle los favores.