Pequeños estruendos inundaban las calles de Bogotá, luces multicolores, papeles brillantes y cajas adornadas desfilaban sus secretos entre avenidas, buses y tranvías. Esa extraña época del año había llegado, la felicidad era necesaria, indispensable, como si las tristezas pudieran empacarse entre moños azules y olvidarse debajo de la sonrisa.
Doña Matilde se había puesto su mejor vestido, de rojo añejo con ligeros adornos de margaritas florecidas. En conjunto resaltaba la cara de niña ingenua, perdida hace años en el oxidado metal citadino. Pelliscaba sus mejillas para aumentar los colores y adormecer a la realidad. Sobre ella, acomodado entre los hombros y la columna, estaba Juan, gabán negro, pantalones cortos, medias de rombos y un chaleco vino tinto. Su padre, el doctor Ceballos caminaba a unos cuantos metros, sombrero negro sombrío, camisa blanca impecable, lentes circulares resplandecientes y zapatos lustrados con el sudor ajeno. Juan se había antojado de un viaje fuera de la ciudad, quería conocer el verde de los campos boyacenses, el sonido de las vacas, el olor de la tierra recién arada y el sabor de las brevas con dulce de mora.
-Ahora no hay facilidades para esos gastos Matilde, además todo lo que quiera conocer lo puede ver en la televisión o en una enciclopedia, para eso existen
- No es lo mismo
- Claro para un ignorante es mejor así, conociendo por tropiezo, y no me haga esa cara Matilde porque mire que...
el frio se apoderó de la mano izquierda del Dr ceballos, le trepó el brazo como un animal hambriento y le congeló la mirada. Doña matilde observaba el brillo de los lentes y la espantoza mirada agonisante del señor notario, intento apretar su mano para que no golpeara con el asfalto. Fue inevitable, la cabeza reboto una sola vez para frenar en un choque secó, limpio en medio del suelo.
El Dr Ceballos mantenía su tragedia, la mirada de Juan con su risa a medias, los ojos blancos, tranquilos y los puños cerrados, "la confianza de la muerte y la seguridad de la justicia", hace años no veía esa expresión, desde la dictadura. Un hilo de sangre roja con ligeros tonos verdes pastozos se deslizaba por debajo del sombrero para después hacer figurines en una alcantarilla de la calle séptima, muchas personas rodeaban al Dr Ceballos, la expresión se mantuvo en su cara por mas de dos días.