
Nada, solo migajas en el escritorio, la saliva incesante de trabajador público antes de inspección. Extraña tarea de cada cuatro años, desempolvar, limpiar los vidrios de su grasa simulada y sacar expedientes, justificar el peso de la nómina. Juan había nacido ahí, al menos eso creía, como si algúna viga retorcida y humeda se hubiera cuarteado dejando un pequeño espacio para la creación sin decreto, de ese rincón mohoso y sin espejos había germinado, como la semilla inoficiosa que era.
Su padre había trabajado en la misma oficina de la calle octava, recibiendo cartas, paquetes para ministeriós y cocodrilos. Aplicaba siempre el mismo devenir. Recibía la carta con las dos manos, la leía, pausando, deteniendo su mirada en cada coma o acento innecesario, luego, al terminar, levantaba con curiosidad sus minúsculas cejas de ratoncillo adiestrado. Marcaba la carta en una especie de reloj con sello incorporado. Después la pasaba a su secretaria, progenitora de Juan (aclarado en su registro civil) quien adicionaba un sobre y lo ubicaba dentro de pequeños orificios, colmenas, donde aguardaban con la paciencia de la putrefacción hasta que algún mensajero regañado, almorzado y perdido venía por ella empapado por los goterones de la capital.
Esos eran los buenos tiempos, descansos remunerados, remodelaciones constantes y tres cartas al día. En la oficina sus padres se entregaban a pequeños amores desenfrenados, limitados sólo por el peso del paño y la dificultad de los broches. Escondido, debajo del mostrador, con las medias puestas, el pantalón debajo de las rodillas y la corbata fija, el Doctor Ceballos levantaba la falda de doña Matilde, introducía su miserable virtud mientras le tapaba la boca con el puño izquierdo, le enseñaba a callar, mientras él gemía.
Claro, Juan sabía la historia de otra forma, protegido por la ingenuidad de Matilde. Del arbol florido hijo mio, que brotó entre el moho y la tinta seca, una plantita azul y vino tinto. Tu papá y yo lo regamos con dedicación, al cabo de tres meses una semilla minúscula de un extraño gris florido comenzo a brotar del costado derecho del arbolito. Después de seis meses naciste tu Juanchito.
Así se fundó el mundo gris florido de Juanchito quien creció entre el pasear de sellos y formatos, los cuentos ingenuos de Matilde, las malcuernas dorado pálido de su padre y la esperanza de encontrar, alguna vez, una carta para él, una invitación, un parque en miniatura.

