
De nuevo, reclinado en el sillón español, reconstruía lentamente las pupilas de Juan. Los tonos blancos de la retina se apoderaron de la pupila, desprendieron una luz casi imperceptible, ubicaron al centro de su afán, relajaron los párpados, desaparecieron las ojeras, suavizaron la mirada y sonrieron, deleitados con su miedo, con la sangre que escurria debajo del sombrero, su aterrizaje con el asfalto y el frio que lentamente se apoderaba de sus extermidades.
-Dr. quiere un café- doña Matilde con su sastre verde obligado, disimulando el cariño por miedo al despido. Sosteniendo con su mano, la tasa de porcelana blanca con el borde superior oxidado, decolorado, convertido en testigo, miles de cafés servidos.
El Dr Ceballos permanecía en silencio, con su calva reluciente, unos cuantos cabellos atravesados entre el silencio de sus años, y la renciente cicatriz enmarcada en el centro de la corona. Habían hecho un excelente trabajo, no le quedaría marca pero el verde de su propia sangre se rehusaba a salir.
-Dr Ceballos... Matilde con su tono jugetón casi infantil aumentaba las palabras, convirtiendolas en una canción de cuna. Le insistía pero él no despertaba, seguía con el trapo gris en las manos, frotando la grasa de sus lentes, restregando los zapatos con el suelo restándoles el brillo y el betún de la mañana.
-Esta bien, ahí le dejo su café.
El Dr Ceballos levantó la mirada por un momento, se aseguró de la posición del tinto, luego se entretuvo observando el humo que desprendía la tasa, alzaba vuelo y se estrellaba con su rostro. Imposible, se estaba contagiando del espíritu nostálgico de Juan, debía hacer algo, asesinarlo, arrancarle la vida, bañarse en su sangre, enterrar su cuerpo. Pero los hechos nunca fueron su fuerte; existían métodos más sutiles, no debía desaparecer solo "dejar de existir". Por fin la hermosa burocracia que tanto defendía iba a devolverle los favores.
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