martes, octubre 24, 2006

Capítulo 1 Un Gris Florido


Nada, solo migajas en el escritorio, la saliva incesante de trabajador público antes de inspección. Extraña tarea de cada cuatro años, desempolvar, limpiar los vidrios de su grasa simulada y sacar expedientes, justificar el peso de la nómina. Juan había nacido ahí, al menos eso creía, como si algúna viga retorcida y humeda se hubiera cuarteado dejando un pequeño espacio para la creación sin decreto, de ese rincón mohoso y sin espejos había germinado, como la semilla inoficiosa que era.
Su padre había trabajado en la misma oficina de la calle octava, recibiendo cartas, paquetes para ministeriós y cocodrilos. Aplicaba siempre el mismo devenir. Recibía la carta con las dos manos, la leía, pausando, deteniendo su mirada en cada coma o acento innecesario, luego, al terminar, levantaba con curiosidad sus minúsculas cejas de ratoncillo adiestrado. Marcaba la carta en una especie de reloj con sello incorporado. Después la pasaba a su secretaria, progenitora de Juan (aclarado en su registro civil) quien adicionaba un sobre y lo ubicaba dentro de pequeños orificios, colmenas, donde aguardaban con la paciencia de la putrefacción hasta que algún mensajero regañado, almorzado y perdido venía por ella empapado por los goterones de la capital.
Esos eran los buenos tiempos, descansos remunerados, remodelaciones constantes y tres cartas al día. En la oficina sus padres se entregaban a pequeños amores desenfrenados, limitados sólo por el peso del paño y la dificultad de los broches. Escondido, debajo del mostrador, con las medias puestas, el pantalón debajo de las rodillas y la corbata fija, el Doctor Ceballos levantaba la falda de doña Matilde, introducía su miserable virtud mientras le tapaba la boca con el puño izquierdo, le enseñaba a callar, mientras él gemía.
Claro, Juan sabía la historia de otra forma, protegido por la ingenuidad de Matilde. Del arbol florido hijo mio, que brotó entre el moho y la tinta seca, una plantita azul y vino tinto. Tu papá y yo lo regamos con dedicación, al cabo de tres meses una semilla minúscula de un extraño gris florido comenzo a brotar del costado derecho del arbolito. Después de seis meses naciste tu Juanchito.
Así se fundó el mundo gris florido de Juanchito quien creció entre el pasear de sellos y formatos, los cuentos ingenuos de Matilde, las malcuernas dorado pálido de su padre y la esperanza de encontrar, alguna vez, una carta para él, una invitación, un parque en miniatura.

1 comentario:

Coprólalo dijo...

Algo que bien podría terminarse en el punto promete continuación. Que diga Capítulo 1 lo va a tener a uno jodidamente expectante, una descripción gris de un ambiente negro por una persona de quién sabe qué color, las texturas y formas, dignos atributos a ser captados por el sagaz ojo de fotógrafo que estoy seguro posee el autor.